Estos quioscos descienden de las castañeras que ya
en el siglo XIX ofrecían sus castañas provistas del hornillo y el puchero en los típicos cucuruchos de papel de periódico. La mayoría son puestos familiares que han ido pasando de padres e hijos, aunque últimamente va creciendo la presencia de extranjeros. Les puedes encontrar o bien en la plaza de Callao, esquina con Jacometrezo, o bien en la plaza de Isabel II, así como en la calle Mayor, esquina con Postas.
Según los vendedores las personas mayores suelen ser sus mejores clientes, ya que las han comida toda la vida, mientras que los más jovenes son los que menos se acercan a sus puestos ya que prefieren la comida basura que les ofrecen las grandes cadenas de la zona.
Aunque no soy un cliente asiduo, sí que me gusta comprar castañas en la calle de vez en cuando, ya que ésts no tienen nada que ver con las que puedes preparar en casa. Te suelen cobrar dos euros por docena, y te las entreganenvueltas en su correspondiente cucurucho. Como anécdota decir que hace unos años había un vendedor que se ponía en Opera, y tenía por costumbre intentar colarte siempre una o dos menos, por si acaso. Debías estar atento a las maniobras que hacía cuando te las echaba, y a pesar de eso siempre era bueno contarlas una vez ya las tenías, para ver si te la había jugado.
A pesar de casos excecpcionales como este, para mí este es un negocio que me gustaría permaneciera vivo en nuestras calles, ya que me trae recuerdos de cuando era niño, y además estos puestos son una de las muchas estampas que le dan su encanto a ese otro Madrid.
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