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Empiezo la semana con este artículo de David Trueba, publicado en El País el pasado jueves. Algunas partes no tienen desperdicio.
Madrid le está fumando encima a sus ciudadanos. Lo hace cada día en índices que la comunidad europea ha calificado de ilegales. Mientras tanto, nadie avisa de que hacer deporte en la ciudad es como correr la maratón fumándose un habano. No parece sencillo que la ciudad que celebró hipotecarse a cambio de la accesibilidad en coche tenga ganas de cambiar de modelo. Capital del asma y las alergias, Madrid es una ciudad hospitalaria hasta con el enfisema, somos así.
Los medios, en cambio, se han hecho eco y altavoz de las protestas de los ciudadanos por contaminar con las lenguas del Estado el Senado, esa Cámara que tanto nos apasiona. La idea inmarchitable de que todo idioma de nuestro país distinto al castellano es un invento o una esmerada estrategia para fastidiar, regala a los nacionalismos las lenguas para tejer con ellas su dinámica acogedora frente al desprecio ajeno.
Siempre aparece la bendita excusa, más en tiempo de crisis, de que el dinero no hay que malgastarlo. Pero solo nos informan al detalle de lo que cuestan algunas cosas, no todas. Siempre ese dedo señalador del dispendio apunta contra la lengua o las expresiones artísticas. Por eso la ciudadanía preferirá gastar mil millones en un túnel para coches que 1.000 euros en un traductor.
La prensa jalea las indignaciones populares. Yo hoy no me sumo, me resto, pero si hace falta juro usar el mismo método que Mariano Rajoy con las opiniones más atrevidas de su partido: por la mañana las arropo y por las tardes me distancio.
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