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A principios del siglo XIX, cuanto Internet era inimaginable, la Gran Vía un sueño a punto de hacerse realidad y Madrid sólo un boceto de lo que es hoy, la vida social de los madrileños se desarrollaba principalmente en la calle Alcalá.
A finales del XIX se plantaron desde las Calatravas a Cibeles dos filas de pinos, formando un paseo, que a algún ingenioso le dio por llamar “El pinar de las de Gómez”. Y es que el tramo comprendido entre Virgen de los Peligros y Barquillo se convirtió en el símbolo del madrileñismo cursi del quiero y no puedo. ya que las damas de buen nombre, con ganas de pasar por la vicaría, tomaron la costumbre de transitar, de la mano de mamá, Alcalá arriba, Alcalá abajo, esperando que algún buen mozo fijara sus ojos en ellas.
Hoy, que con un simple golpe de ratón puedes conocer a alguien que esté a miles de kilómetros, estas historias, más cercanas a nosotros de lo que creemos, nos parecen sacadas del Paleolítico. Sin embargo hay que tener en cuenta que, en una época en la que las mujeres pintaban en la sociedad española menos que la Tomasa en los títeres, esa era una de las pocas salidas que encontraban las señoritas con ganas de asegurarse su futuro para intentar enganchar al marido que les arreglara la vida.
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